#12 ESCEA
"La electrónica se ha convertido en un espejo de todo lo que falla fuera del club"
Hubo un tiempo en que la gente iba al club para perderse. Ahora parece que vamos para generar material.
La pista de baile, uno de los últimos lugares donde todavía podía ocurrir algo difícil de explicar, se ha convertido también en un escenario de representación permanente. Todo debe documentarse, justificarse y narrarse. Ya no basta con escuchar música: hay que construir un discurso alrededor de ella, posicionarse correctamente, demostrar conocimiento, exhibir sensibilidad cultural y acumular las credenciales adecuadas.
La electrónica no inventó esta enfermedad. Simplemente la está padeciendo como todo lo demás.
Entre algoritmos, marcas personales, festivales convertidos en escaparates y colectivos atrapados entre la pasión y la autopromoción, la escena parece haberse convertido en una versión acelerada de internet: un lugar donde conviven el descubrimiento genuino, la impostura, el deseo de comunidad y una competición constante por el reconocimiento simbólico.
Hablamos con ESCEA sobre todo eso. Sobre la diferencia entre amor y ego. Sobre la nostalgia como modelo de negocio. Sobre los DJs convertidos en influencers. Sobre la inclusión convertida en eslogan. Y sobre la sospecha de que, a veces, hablamos tanto de la cultura de club que acabamos olvidando para qué existía en primer lugar.
En los últimos años parece que la cultura de club ha cambiado profundamente. Ya no solo importan la pista, el sonido o la experiencia colectiva, sino también el relato que se construye alrededor de ellas: quién interpreta la escena, quién define lo auténtico, quién acumula legitimidad cultural y visibilidad.
Al mismo tiempo, muchos colectivos reivindican valores ligados al underground, la comunidad o la resistencia cultural, mientras operan dentro de dinámicas cada vez más atravesadas por la economía de la atención, la hiperexposición digital y la construcción de marca.
A partir de ahí, me interesaba plantearos algunas cuestiones sobre cómo entendéis hoy la escena, el papel de los colectivos y el futuro de la cultura de club.
Tradicionalmente, gran parte de la cultura de club tenía algo difícil de explicar desde fuera: era una experiencia más corporal que discursiva, más ligada a perderse en la pista que a construir un relato sobre ella.
Sin embargo, hoy parece que los grandes mediadores de la escena ya no son únicamente DJs, promotores o productores, sino también comunicadores, curadores, colectivos convertidos en marca, medios especializados o perfiles con capacidad de generar discurso.
¿Creéis que la cultura de club contemporánea corre el riesgo de convertirse en una “metaescena”, donde a veces se habla más de la experiencia que de la experiencia misma?
¿Hasta qué punto la hipercomunicación y la necesidad constante de representación pública modifican la propia naturaleza del club?
Tal y como avanzan los tiempos, toda realidad se transforma en un producto catalogable y cuantificable. El club siempre ha sido sinónimo de resistencia; desde refugio de disidencias en sus comienzos, hasta ser, en la actualidad, uno de los pocos sitios en este sistema donde aún existe cierta libertad de expresión y vanguardia, por lo menos desde un punto de vista social. Aunque, lamentablemente, cada vez menos…
Las nuevas generaciones no ven el club igual que sus fundadores. No le podemos pedir a un nativo digital que viva la realidad con la misma intensidad que sus padres o abuelos: para ellos, el club original es un concepto, un vídeo rescatado de un cierre en Ibiza en los 90. Un lugar idílico de libertad donde no había móviles y la gente se miraba y conectaba mientras bailaba al son de alguien en una cabina. Decimos «concepto» porque… ¿es acaso ahora así el club? Siguen existiendo espacios que buscan la conexión personal y musical, pero son pocos, y aquellos valientes que los regentan tienen que luchar contra un mundo donde lo que da dinero es lo inmediato, lo previamente masticado y lo fácil. Por aquí nos gusta mucho el cine y, cada vez que vemos un tráiler, nos lo dan todo mascado. ¿Por favor, Hollywood, podríais dejarnos un mínimo de sorpresa en nuestras vidas?
Es un fenómeno que trasciende a la electrónica; es general. Los niños no juegan a videojuegos, prefieren ver cómo juega otro. Pasa lo mismo con la electrónica: en los últimos años, Boiler Room se ha encargado de crear un estándar para toda una nueva generación. Un público, una estética y una manera de hacer las cosas que se ha copiado y explotado hasta la saciedad.
Es normal que la chica de 21 años, que ve a sus DJs favoritos en macroeventos con iluminación brutal y gente con outfits increíbles, llegue al club con expectativas elevadas, le cueste entender la cara B o intente replicar lo que ha visto en redes porque es así como aprendemos: ahora el vídeo va antes que la experiencia.
En libros como Génesis, Alberto Sola y Pablo Ferrer plantean la escena valenciana posterior a la Ruta como una reconstrucción más sofisticada, internacional y conectada con ciertos circuitos underground europeos.
Pero al mismo tiempo, da la sensación de que ahí también empieza a consolidarse otra lógica: la del capital cultural, la curaduría especializada y cierta superioridad estética asociada al conocimiento, las referencias extranjeras o el “buen gusto”.
¿Creéis que parte de la cultura underground terminó convirtiendo la autenticidad, la rareza o incluso el propio underground en formas de distinción social?
¿Dónde está la línea entre preservar una sensibilidad cultural y construir dinámicas elitistas o excluyentes?
El otro día hablábamos de esto con unas amigas y el proceso es simple. Partiendo de la base de que es complicado escapar de lo que hemos aprendido desde pequeños que es el «éxito» es el dinero, esa representación directa del capital económico, en entornos underground entra en juego el capital social o cultural.
Si dejamos de lado el dinero y nos centramos en qué podemos hacer para ser percibidos como «más que otros», no deja de ser otro ejercicio basado en el ego. ¿Por qué buscamos ese tema que no conoce ni Dios? Siendo sinceros, creo que hay un amor al arte, pero también un amor propio, y la moneda de cambio del underground es esa: la cultural, el posicionarse por lo bien que pinchas o lo mucho que sabes.
Nosotros mismos hemos sentido ese ego en nuestro proyecto: el número de seguidores o que un post funcione bien puede hacerte perder el rumbo de por qué haces las cosas.
¿Por amor o por ego?
Siempre habrá un underground más underground que el anterior. Es un proceso de búsqueda de lo exclusivo; los ricos lo hacen de otra manera, pero viene a ser lo mismo: siempre habrá un grupo que se quiera diferenciar de lo genérico y monte su movida; de esa movida saldrá otra gente que haga el mismo proceso, y así funciona. Es una matrioska musical. Estamos cansados de ver propuestas boutique aparentemente underground que no están creadas por amor a la música, sino para elevar el capital social de quienes las gestionan y acceder a esa falsa élite.
Me estoy dando cuenta de que esto está quedando un poco conspiranoico, jaja.
Bueno, entre la realidad y la paranoia siempre se encuentra la verdad. Creemos que lo importante es revisarse constantemente, hacer uso de la metacognición e intentar ver si nuestros patrones van hacia el lugar adecuado o si simplemente estamos cayendo en la trampa de querer gustar a toda costa.
Durante mucho tiempo el DJ era, sobre todo, un mediador musical. Hoy parece que también debe convertirse en una identidad visible, reconocible y constantemente validada.
¿En qué momento el DJ dejó de definirse únicamente por lo que hacía musicalmente y empezó también a definirse por lo que representa social o simbólicamente?
¿La exposición constante acaba generando cierta caricatura de uno mismo?
¿Creéis que existe una presión creciente por performar continuamente una identidad pública coherente, moralmente correcta y socialmente validable?
Y relacionado con eso: muchas veces la escena reivindica discursos ligados al respeto, la escucha o la horizontalidad, pero luego aparecen dinámicas muy fuertes de señalamiento, exclusión o vigilancia simbólica. De curas progresistas a inquisidores. ¿Qué pasa ahi?
¿Creéis que existe cierta contradicción entre el discurso inclusivo de la escena y determinadas prácticas internas de control social o cultural? ¿Acabará la comunidad de la electrónica dinamitándose asimisma?
Los DJs son lo que eran los deportistas para la gente a mediados del siglo XX. Cuando solo se consumían deportes o cine, había pocos perfiles que generaran fascinación.
Quienes salían en las cajas de cereales eran los jugadores de béisbol en los 50 en EE. UU., y los peinados de moda los marcaban los artistas. No ha cambiado tanto.
Pero aquí nace una tendencia explotada con el EDM por 2010 que, tras dos años encerrados en casa, ha vuelto pegando fuerte: la electrónica ligada a la necesidad de salir, relacionarse, pillarse un pedo y desinhibirse. La sociedad le ha dado un valor a la fiesta que antes no tenía: el ocio se ha estandarizado y el rey es el DJ. Pero no te preocupes, la tendencia conservadora global y los nuevos hábitos de consumo están haciendo que este globo se pinche; se calcula una bajada en las ventas de alcohol del 30% en los próximos años. Igual las nuevas generaciones se han cansado rápido de la noche; la electrónica era lo que «había», la consumieron y a otra cosa. No me extrañaría que volviéramos a modelos donde los referentes fueran otros, ¿puede que ya esté pasando? Jaja.
Ya lo comentábamos en alguno de nuestros posts: una figura inalcanzable, belleza, moda, privilegios… un capital social y económico de la hostia. Entonces, boom, todo el mundo quiso ser DJ. Poner música ya no llega; hay que exponerse, llamar la atención, grabarse y tener más likes. Muchos han dejado la música de lado para convertirse en showmans. ¿Está mal? Nos da igual, hay suficiente tostada para mermelada y mantequilla, pero lo cierto es que estos showmans difaman la figura de lo que para nosotros es un DJ de verdad.
Aquí entra la guerra entre purismo y nuevas propuestas. Yo no puedo juzgar a alguien de 18 por llamar «raves» a las fiestas o pensar que un DJ es mejor por tener buenos números en Instagram. Todo esto es lo que el sector les ha vendido como el mundo del *DJing*: entretenimiento y postureo. Ellos lo han comprado sin saber que hay más alternativas. Al final, nadie es tonto: el que tiene interés de verdad, buceando, llegará a nichos y alternativas que no esperaba. Nos pasó a nosotros y supongo que a ti también.
¿Es todo esto «cultura»? Después de repensar lo que representa la electrónica, cómo afecta a la gente y los patrones sociales que conforma, podemos decir casi con seguridad que sí. Y como cultura, hay que cuidarla. Es complicado mantener algo puro; es como meter a un pajarito en una jaula para apreciarlo todos los días. Quizás lo lógico es dejar que vuele libre. Cometemos el error de enjaular la electrónica y, cuando aparecen nuevos vientos, propuestas o equipos, nos cuesta abrir la puerta. Dejar que las cosas cambien nos obliga a cambiar a nosotros, y eso requiere un esfuerzo que muchos no están dispuestos a hacer.
Nos hace gracia escuchar a puristas quejarse de las nuevas generaciones. Luigi Russolo empezó a principios del XX a experimentar con automatismos sonoros y seguramente le cayó un hate que flipas. En 1965 salió el Moog, y diez años después los grupos de rock progresivo se flipaban con sus soniditos analógicos mientras estaban puestos de LSD. ¿Hubo puristas diciendo que eso no era música? Sí. Pues no hagamos lo mismo.
¿Cómo interpretáis el uso de la “diversidad” como argumento de marketing dentro de la música electrónica, y qué revela eso sobre la relación entre poder, representación y consumo cultural hoy? ¿La inclusión se ha convertido en otro especáculo, más que en una transformación estructural?
Vender inclusión y diversidad es una de las prácticas más sucias del marketing porque nunca es real. Quien tiene que recalcar algo tanto es porque no es algo natural para él. La diversidad de género, racial o sexual no debería ser un reclamo publicitario; debería estar integrada y respetada en nuestra sociedad.
Es curioso: los clubes fueron durante décadas lugares de libertad para disidencias y ahora es necesario recalcar en cada evento que no se tolerarán ciertos tipos de prácticas. ¿En qué momento se perdió eso? Creemos que la causa no es el club, sino cómo está educada la sociedad. Cuando metes a una especie invasora en un hábitat que no es el suyo, o se muere rápido o se carga el ecosistema. No diremos que el público general sean invasores, pero sí que muchos no tienen la madurez o el respeto para estar en espacios diversos.
Juanma Bajo Ulloa ha hablado muchas veces sobre cómo la industria cultural tiende a penalizar el riesgo y premiar las fórmulas reconocibles.
¿Creéis que en la música electrónica está ocurriendo algo parecido?
¿Hasta qué punto los algoritmos, las marcas, los festivales y ciertos consensos culturales están reduciendo el espacio para la experimentación real?
¿Existe hoy menos margen para equivocarse, incomodar o simplemente hacer algo difícil de categorizar?
Siempre decimos que los espacios que hacen que una escena crezca son los clubes, asociaciones y espacios privados donde compartir inquietudes.
Es causa y efecto: si hay menos espacios, la relación, experimentación y creación menguan. Es complicado para los que quedan ir a contracorriente y desvincularse de la tendencia general; si el club no funciona o la propuesta no es generalista, es difícil atraer público, sobre todo en las periferias de donde nosotros venimos.
Siempre habrá margen para la experimentación: ahí reside el verdadero espíritu de la electrónica. Propuestas punkis, raves en backrooms, espacios liminales, cuatro colegas creando en una casa, radios comunitarias… lugares donde ocurren cosas que no se cuantifican ni buscan un ROI. Parece que el maxlooking se aplica ya a todo: maximizar el cuerpo, el trabajo y ahora los hobbies. Hay que ser exitosos hasta en el tiempo de ocio. Qué pereza, ¿no?
Mantener una posición crítica o no alinearse completamente con determinadas dinámicas de escena puede tener costes simbólicos, sociales o incluso laborales.
¿Creéis que existe un precio real por mantenerse independiente dentro de la música electrónica contemporánea?
Y más allá de eso, ¿pensáis que la escena actual está demasiado atravesada por dinámicas de validación mutua, entusiasmo performativo y construcción de imagen?
¿Hay poco espacio para una crítica honesta sin que automáticamente se interprete como conflicto o resentimiento?
Nuestra comunicación es fluida y crítica; creemos que estamos poniendo temas encima de la mesa y dando un poquito de cera a los convencionalismos, pero tiene truco… Actualmente no estamos vinculados con ningún negocio que nos comprometa; vamos por libre. Tenemos una libertad que no tiene el DJ o la promotora. No creemos que exista esa libertad real dentro de la industria: no todo el mundo acepta críticas, se lo toman como algo personal y puede tener represalias en fechas o contratos. A la gente no le suelen gustar los que piensan fuera del tiesto; esos perfiles incontrolables ponen nerviosos a muchos en los diferentes estratos de la sociedad.
En algunas conversaciones recientes, Frankie Piza hablaba de una especie de paradoja contemporánea: parece haber cada vez menos tolerancia hacia la mediocridad o lo “cutre”, pero al mismo tiempo gran parte de la cultura está cada vez más atravesada por productos extremadamente calculados, sobrepresentados y muy bien vendidos, aunque no necesariamente más profundos o arriesgados.
¿Creéis que hoy existe una especie de obsesión por la curaduría, el refinamiento estético y la validación cultural, mientras al mismo tiempo disminuye la capacidad real de sorpresa o riesgo?
¿Creéis que estamos viviendo una etapa especialmente nostálgica dentro de la música y la cultura de club?
¿Hay realmente menos capacidad de producir imaginarios nuevos o simplemente hemos perdido la relación colectiva con la novedad?
Esto lo resumimos con el síndrome del Live Action de Disney (sí, nos gusta el cine y no paramos de hacer analogías, jaja). ¿Qué vende más: una historia nueva o la octava parte de una franquicia? La realidad es simple: la gente prefiere «malo conocido que bueno por conocer». Estamos tan sumidos en presiones que nadie quiere cagarla y, por eso, nadie toma riesgos. Es más fácil vender algo que la gente ya conoce que tirarse a la piscina.
Sin embargo, estamos en la época de que, cuando alguien se atreve a crear algo nuevo y gusta, lo hace de manera sobredimensionada; parece que desaparece todo lo demás. Creemos que estamos desesperadas por sentir algo complejo, que en cuanto llega cualquier atisbo de novedad, nos volvemos locos.
Esto es peligroso: por un lado, tienes a una sociedad condicionada, jugando con nuestros sistemas de recompensa, preguntándose «¿cuándo me darán lo siguiente?» como palomas en la caja de Skinner; y por otro, nos quita la capacidad de apreciar las pequeñas cosas que, sin estar envueltas, terminadas y listas para ingerir como fast food cultural, también suman.
¿Cómo situáis el proyecto de ESCEA dentro del panorama actual?
¿Qué os diferencia de otros colectivos o propuestas contemporáneas?
¿Intentáis construir simplemente una programación musical o también una forma distinta de relacionarse con la escena?
¿Cómo trabajáis internamente esas tensiones entre comunidad, discurso, identidad, visibilidad y experiencia?
Y finalmente:
¿cómo imagináis el futuro de proyectos como ESCEA dentro de un contexto cultural cada vez más acelerado, hiperconectado y condicionado por la lógica digital?
Escea nació de una necesidad: descubrir y acceder a la oferta cultural electrónica en Galicia. Empezamos a buscar y sacar a la luz eventos en nuestro territorio para que todo el mundo pudiera enterarse de lo que pasaba aquí. La realidad es que, en el fondo, éramos nosotras las que queríamos enterarnos. Amamos la música y, ya que hacíamos el trabajo de campo, decidimos compartirlo.
Al final, poco a poco, nuestra plataforma se ha convertido en una deuda autoimpuesta con la electrónica nacional. Esta música y la escena que la conforma nos dan tanto que no podíamos disfrutarlas en silencio. Queríamos ser partícipes. Por eso estamos aquí: promocionando artistas, debatiendo, pensando e intentando construir algo bonito. Crear cosas nos da vida.
“Si la música electrónica desapareciera, sería una putada, claro. Pero, como amantes de la música, nos quedarían muchos otros sonidos que explorar. Lloraríamos solo unos días.”
Nos atrae la música por lo basta que es, por su naturaleza inabarcable. Nos hace sentir cosas únicas y, al mismo tiempo, nos mantiene humildes: sabemos que nunca podremos saberlo todo.
A día de hoy, nos movemos por la vida y por la propia escena con los ojos bien abiertos: escuchando, creando lazos, haciendo amigas y, por supuesto, debatiendo sobre lo que ocurre. Creemos firmemente que la sinceridad, la autocrítica y ser combativas son los únicos motores reales para la mejora de cualquier sistema.
Escea es una pequeña intervención en un lienzo que estamos pintando entre todas.
No buscamos ser más que una pincelada. Sabemos que el proyecto tiene un principio y un fin; seguiremos poco a poco, sin pretensiones, hasta donde nos llegue el aliento. El día que se acabe, se habrá acabado. Lo único que esperamos es que todo lo que hayamos hecho le haya servido a alguien: ya sea para descubrir a un artista local, para reflexionar un poco más o para haber enriquecido, aunque sea un milímetro, el panorama cultural con nuestras opiniones.
Artículo publicado también en NODIVADJS.






